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Cuatro hermanas
Por Concha Huerta de Soto ·
Sol y brisa. La tarde huele a hierba recién cortada. El jardín desborda tonalidades verdes de cipreses y aligustres y pinceladas fucsias de rosales y geranios. Como el jardín de mi infancia que mi padre levantó entre rocas y maleza. Recuerdo su voz grave impartiendo tareas a un ejercito de cuato braceros, las tardes desbrozando hierbas, regando alcorques, limpiando la huerta.
Cuando eran pequeñas, Mathew Soanes era Dios y el clima para sus hijas. Era omnipotente y estaba en todas partes: en casa, en la escuela, en la iglesia. No había lugar donde fueran en el que el espíritu dominante no fuese el de su padre. Y, como la lluvia o el sol, el humor de su padre condicionaba todo lo que hacían.
Mi pequeño jardín destila tranquilidad y belleza. Como la prosa de Jetta Carleton. Tres jóvenes otean un horizonte verde con las melenas al viento y la vida por delante. Cuatro hermanas. Cada verano una visita a la granja familiar en Misuri. Por unas semanas olvidan sus rutinas y vuelven a sus raíces. Termino el verano inmersa en un viaje a otra tierra. Descubro la belleza de sus parajes y comparto secretos e inquietudes de adolescencia. Jetta Carleton solo escribió esta novela pero en sus páginas encuentro la esencia de mis propios sentimientos. Alegrías, decepciones, amores y desengaños que el tiempo acerca y aleja en esa gran escuela de vida que es la familia.
En verano la vida se expandía como los rayos del sol. Podíamos bañarnos arriba, lavar la ropa a la sombra del melogotonero y planchar bajo la brisa del porche trasero. La casa parecía más alta, más amplia, más bonita. Las estufas se guardaban en el depósito de carbón y las mesas se cubrían de flores. (Jetta Carleton. Cuatro Hermanas)
Cuatro Hermanas. Jetta Carleton. Traducción, María Teresa Gispert. Libros del Asteroide. Barcelona 2010. 412 págs.
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