Concha Huerta de Soto

Arte y cultura · Relatos

11 de septiembre

Por Concha Huerta de Soto ·

Otra mañana blanca. Bocinas a lo lejos. La niebla inunda la terraza con su manto opaco. El corazón bate en mis sienes cuando me alzo de la cama. Es como si negara a que abandone  la seguridad del sueño. Me preparo un té cargado de azúcar, lo mejor para la tensión baja. Entre sorbos oteo la blancura que espesa la mañana. Y me parece estar en un cementerio.

Niebla. Cementerios. No sé por qué asimilo la niebla a la muerte. Quizá porque congela la vida bajo su manto impasible. Como en los cuentos de Poe. Nunca sabes que vas a encontrar tras las rejas de un camposanto. Abro el periódico y suspiro. Hoy hace diez años que tres mil almas se desvanecieron en una pesadilla de cenizas y cristales retorcidos. Hoy hace diez años que nuestro bienestar se desmoronó junto a las dos torres gemelas.

Recuerdo la tarde frente a la pantalla del televisor aferrando los brazos de una niña saturada de penas. La incredulidad, el desconcierto, la rabia, el miedo serpenteando entre cada suspiro. Las lágrimas de impotencia. El sentimiento que ha moldeado nuestro día a día desde que aquel once de septiembre el demonio se vistiera de fanatismo.

Hay mañanas que el cuerpo me pide que no me levante harto ya de tantos sobresaltos y miserias. De las decisiones erróneas, la locura y la intransigencia. Locuras siempre ha habido, pero ahora que vivimos en una nube sin fronteras cada locura nos arrebata un pedazo de alma. Como esta niebla espesa y blanca que ahoga hoy nuestra tierra. Cuanto me alegra que al menos tú no hayas tenido que vivir con ellas.

New York. 11 de septiembre de 2001. Foto: Det. Greg Semendinger

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