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Verde Augusta
Por Concha Huerta de Soto ·

Domingo soleado. Las nueve de la mañana. Me encuentro con el abrazo afectuoso de Mafalda en el campo de Oitavos. Caliento los hombros en círculos. Imagino un hilo entre un tronco que delimita la calle y la bola como me enseñó mi maestro. Respiro hondo y suelto el driver. Sigo la esfera blanca hasta que se detiene a la derecha de la calle. Turno de Mafalda. Su bola cae a la altura de la mía pero más centrada. Caminamos con los palos comentando trabajos y familias. La primavera enciende la hierba entre cantos de aves y brisas marinas. No sé qué prefiero de este deporte, si el reto de jugar contra uno mismo o la exuberancia de verdes que me envuelven unas horas.
Nos acercamos a la bandera. Mafalda, mas experta, consigue un par en cinco golpes, a mi me cuesta siete. Nada mal para quien no ha jugado en tres semanas. En el segundo hoyo fallo el swing y la bola se entierra bajo los pinos. La doy por perdida y tiro otra. Gajes del deporte. De vez en cuando se cometen errores. Hasta el mismísimo Mickelson falló dos salidas en Augusta.
Augusta. Cuatro días que dan cita a la elite del golf del planeta. Un campo increíblemente bello y difícil, el primer encuentro del año, el más prestigioso de América. Las calles rodeadas de magnolias y olmos centenarios, los puentes sobre aguas pacíficas, las gradas rebosantes de expectación ante la reaparición de Tiger después de cinco meses apartado de los circuitos. El clima se viste de gala y el sol brilla en esta tierra de Georgia, el corazón de América.

Tiger Woods en el bunker del hoyo 2. Foto: Associated Press.
Augusta. El campo que vio nacer al joven de color que revolucionaría el golf para siempre. El tigre que vestiría la chaqueta verde en cuatro ocasiones. El más joven y la mejor puntuación en los sesenta y siete años del Masters. Tiger Woods, el número uno. No puedo evitar contener el aliento cada vez que Tiger golpea la bola. Ni soltar un aullido cuando un golpe fácil se transforma en un tormento. Tiger, un hombre con virtudes y defectos. Sorprende que alcanzara el cuarto puesto entre tanta presión de los medios.
Augusta. Una sucesión de golpes increíbles. Hoyos en uno, dos y tres golpes que levantan una marea de ovaciones. La inspiración del coreano Choi, paciente y silencioso, la del americano Kim, que remontó siete puntos para terminar tercero, la de Manassero, que sorprendió al pasar el corte con tan sólo dieciséis años, la de Jimémez, el español que terminó decimosegundo y la del británico Westwood, líder los tres primeros días que sólo cedió ante la supremacía de Mickelson, rey del torneo, con un juego preciso y confiado que ha llevado a vestir por tercera vez la ansiada chaqueta verde. Dieciséis golpes menos que el par, toda una hazaña, que se suma a la de su esposa Amy en su lucha contra el cáncer. Hermosa imagen de Mickelson abrazándola al terminar el Masters.
En el hoyo nueve preparo un putt de doce metros ondulado hacia el mar. Imagino un balde de agua colándose en el pequeño hueco y lanzo un golpe que rodea el hoyo a la derecha. La bola rueda despacio, coge velocidad en el desnivel y se precipita en la oscuridad con un golpe seco. Un milagro. Casi no puedo creerlo. Mafalda cumple su par y nos palmeamos contentas. Terminamos el juego, tengo que recoger y preparar maletas. Me dejo caer sobre en la hierba. Su trama tupida acoge mi espalda con la suavidad de una chaqueta. De una chaqueta verde y fresca. Mi estancia en Cascáis se agota. No así el recuerdo de un día perfecto sobre la hierba.
Angel Cabrera, que defendía el título del año pasado, saluda a Phil Mickelson vencedor del Masters de Augusta 2010, el 11 de abril en Georgia. U.S.A. Foto: Associated Press.
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