Arte y cultura · Relatos
Sí, quiero.
Por Concha Huerta de Soto ·
Mañana de fiesta. El cielo entrevetado de nubes, las ramas revueltas con la brisa de la sierra. Pruebas y nervios. Los cabellos dibujando cenefas alrededor de la nuca, el maquillaje perfecto. En lo alto del armario descansa el vestido impoluto con la cola recogida en un círculo. Sobre la mesita una diadema de flores y los pendientes de la abuela. Algo nuevo y algo viejo. Que las tradiciones se cumplan.
Cinco de la tarde. Manos hermanas la envuelven en sedas y encajes de bolillo. El vestido ceñido a la cintura. El velo cubriendo un rostro que hasta ayer era el de una niña. En el espejo los ojos azules y brillantes de de una mañana de primavera. La madre le sujeta el velo que cubrirá su última hora de inocencia con horquillas. Las manos le tiemblan, el corazón le bombea algunas lágrimas.
Seis de la tarde. En el coche se concentra en los pliegues desbocados para alejar las dudas. Puerta de la iglesia, fotógrafos y rostros conocidos. Por un momento les regala su mejor sonrisa. Avanza del brazo de un padre orgulloso de ojos traslúcidos, se casa su primera niña. A cámara lenta, entre murmullos y saludos, hacia el altar salpicado de florecillas blancas. Las mismas que transporta enlazadas entre dedos de piel clara.
En el altar le espera el joven alto y resuelto al que ha regalado su destino. Cuando el párroco le pregunta, ella pronuncia el sí quiero, con voz firme y corazón trémulo. La tensión de las últimas semanas se desvanece en un manantial de alegría. Con las manos unidas dan los primeros pasos de una nueva vida. Que el Señor les bendiga con prosperidad y alegrías.
Foto: C. Huerta
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