Concha Huerta de Soto

Arte y cultura · Arte · Literatura · Madrid

Monet: caminos y sueños

Por Concha Huerta de Soto ·

Abro los ojos. Líneas incandescentes atraviesan las persianas. Me levanto de un salto. Vértigo. La cabeza apresada en la bruma de los sueños permanece un momento retenida sobre la almohada. Abro la ventana y descubro un cielo añil impecable. Aprovecho esta tregua de lluvia y me lanzo a la ciudad rescatada al sol de marzo.

Alcanzo las verjas del palacio de Villahermosa. En la entrada una hilera de macetas. Verdes salpicados de blanco y fucsia. Las camelias del Thyssen, diecisiete años iluminando los inviernos de la villa. En el interior una de las exposiciones más anheladas. Los cuadros de Monet, inspiración de las vanguardias inglesas y la abstracción contemporánea.

Brumas y variaciones. 1899. Monet viaja a Londres y descubre la paleta velada del último Turner. Y el estudio de Whistler, el americano que adoptó el colorido y la simplicidad de formas de la pintura japonesa. Instalado en su habitación del Savoy, Monet capta brumas sobre el Támesis salpicando con pinceladas ocres las últimas luces del ocaso. El puente de Charring Cross.

Efectos de luz. 1883. Monet invoca los verbos de la luz contrastando colores primarios y secundarios. El cénit de la óptica impresionista. El ojo digiriendo colores como carnes o frutas, a decir de Guy Maupassant.  El poeta acompañó a Monet en sus paseos por la costa, entre niños cargados de lienzos. Le observaba acechando al sol y las sombras frente a  cinco o seis lienzos, capturando destellos de vida con amarillos fugitivos. Puesta de sol en Etretat.

Reflejos y transparencias. 1904. Monet se embarca en el proyecto más ambicioso de su vida. Construir un paraíso pictórico en el jardín de Giverny. Un universo que hechizará su obra posterior y le conducirá por senderos de gloria. La sombra de los arboles daba al agua un fondo, por lo general, de verde sombrío pero que algunas veces veía yo de color azul claro y crudo tirando a violeta, tono de interior de gusto japonés. Aquí y allá, en la superficie, enrojecía como una fresa una flor de ninfea escarlata con los bordes blancos. (Marcel Proust. En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann. 1913). El estanque de nenúfares.

Contrastes de formas. 1897. Monet contempla desde su barca el milagro del amanecer sobre el Sena. Las formas se desdibujan impregnadas de tonos violetas que evocan seres nocturnos, presencias invisibles, recuerdos de infancia. Su pintura se diluye en esencias y metáforas. La vegetación refleja su espíritu en unas aguas contagiadas por el cielo que se despierta. Amanecer en el Sena. Giverny.

Pincelada y gesto. 1918-1924. Monet se despega de figura y color para expresar sensaciones con movimientos rítmicos. La caligrafía del alma que libera el subconsciente de expresiones y sentimientos. Las vanguardias que alcanzarán su punto álgido tras la década de los cincuenta. Pollock, De Kooning. Richter, Vieira da Silva, Staël recogerán el testigo en busca de nuevas formas y destinos. Monet les mostrará el camino. El puente japonés.

Siento una punzada en el estómago, la llamada del cuerpo sin alimento. Me apresuro hacia la salida. Al abandonar la sala, las paredes se bandean en oleadas. Vértigo. Alcanzo un banco y me ovillo sobre las rodillas frente al camino de salida. La cabeza, enpapada en el universo de Monet, se resiste a abandonar su sueño.  

Claude Monet. Glicinias. 1917-1920. Museo Marmottan Monet, París.

NOTA:   Jose María Goicoechea, director de comunicación del museo Thyssen-Bornemisza, hace referencia a este texto en su post Camelias del blog «En teletipo» el 18 de marzo de 2.010. Una deferencia que me llena de alegria.

Monet y la abstracción. Museo Thyssen- Bornemisza. Madrid. Hasta el 30 de mayo de 2.010

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