Arte y cultura · Arte · Madrid
Joyas del Prado
Por Concha Huerta de Soto ·

Dos horas para visitar el Prado. Comenzamos por El Expolio de El Greco, obra cumbre del Renacimiento, recién restaurada por el museo. Impresiona la mirada mística de Jesús envuelto en carmines, los trazos estilizados de su cuerpo etéreo y la profusión de figuras que le acompañan en esta escena tan dramática, una aglomeración encarcelada que a decir de Aldous Huxley caracterizaba la pintura de El Greco tan apartada de cánones y formas clásicas. Los dorados y amarillos de las capas nada tienen que ver con los tonos apagados de las telas que acompañan al cuadro en la sala. Un milagro poder contemplarlo como en 1579. En Navidades vuelve a Toledo.
El Expolio de Cristo. Domenico Theotocopuli, el Greco. 1579
De ahí viajamos al Siglo de Oro de la mano de Velázquez, mi favorito en el Prado. La fragua de Vulcano, fruto de su primer viaje a Italia, Las hilanderas, los Borrachos alrededor del dios Baco. Rostros de viveza y cercanía que parecen dialogar con quienes les observamos admirados. Escenas reales y cotidianas, Las meninas más visitadas del museo. En la siguiente sala El Cristo de Velázquez, del que pintó dos copias cuando ya estaba asentado en la corte de Felipe III. Aunque no me entusiasma la pintura religiosa, me impresiona el aura mística que desprende la figura adormecida del Jesús más humano, una imagen que transforma la mirada en una plegaria.
El triunfo de Baco o Los Borrachos de Diego deVelázquez. 1626-28
Cristo de San Plácido. Diego Velázquez. Hacia 1632
En el hall tropezamos con un toro de tamaño natural enfrentado al Rapto de Europa de Rubens, donde reconocemos a Júpiter transmutado en un toro muy parecido. Ante nuestra sorpresa, un guarda nos explica que se trata de una de las piezas que componen de la instalación del artista Miguel Ángel Blanco en el aniversario del palacio, que evoca el origen del edificio pensado como gabinete de historia natural. Cuidado con los meteoritos y las aves escondidas.
El Rapto de Europa de Pedro Pablo Rubens. 1628-9
En la Sala de Goya nos recibe la familia del rey Carlos IV al completo. Qué rostros tan expresivos, qué pinceladas tan sueltas. Las majas con sus ojos encerrados en caretas. Quién sería esta mujer enigmática, ¿la Duquesa de Alba, la amante de Godoy?. Después, la guerra. Los fusilamientos de El 3 de mayo, el desgarro y la violencia que nos recuerda al Guernica de Picasso que vimos ayer en el Reina Sofía. Y las pinturas negras, monstruos y pesadillas entre las que sobresale una tímida cabeza de perro. La semilla de la abstracción moderna. Cuanto genio. Miramos el reloj y nos damos cuenta de que llegamos tarde a nuestra cita, pero la visita, aunque corta, ha merecido la pena.
La familia de Carlos IV. Francisco de Goya. 1800
La maja desnuda. Francisco de Goya. 1790-1800
Perro semihundido de Francisco de Goya . 1820-23
Museo Nacional del Prado. Paseo del Prado, s/n, 28014 Madrid.
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