Concha Huerta de Soto

Arte y cultura · Deportes · Relatos

La esfera blanca

Por Concha Huerta de Soto ·

Noche de insomnio. El calor espanta el sueño. Un calor seco e insólito en abril. Aparto las sábanas enredadas. Los sonidos de la calle se difuminan en montes de arena dorada. Intento una y otra vez alcanzar la cima bajo un sol que ciega. Abro los ojos con la garganta reseca. Una luz brillante se cuela bajo la puerta. Cruzo el pasillo y encuentro la cocina bañada en una luz plateada. Una esfera blanca y perfecta flota frente a la ventana.

–        ¿Qué haces en mi terraza?-.

–         Me he desprendido del firmamento-.

–        Imposible. La Luna no puede caerse.

–        Soy solo una luna de reserva. La Luna se marchó a descansar con el Sol a los trópicos-.

–        No sabía que los satélites tuvieran suplentes-.

–        Resulta muy cansado orbitar constantemente. Le advertí que no estaba preparada, que necesitaba más tiempo- La luna suplente llora y se encoge a cada lágrima.

–        Preparada para qué-.

–        Para iluminar las corrientes del firmamento-.

–        Qué tontería. Todo el mundo sabe que en el cielo no hay corrientes-.

–         Me temo que  el mundo se equivoca. El firmamento está inundado de caminos de almas perdidas- .  

–        ¿Almas perdidas?-.

–        Las almas que vagan por el espacio hasta reconciliarse con sus seres queridos-.

–        No hay nada más allá de la muerte-.

–        Puedes creer lo que quieras. Pero si no consigo iluminar pronto el camino las almas se perderán para siempre. Una verdadera tragedia y todo por mi culpa-La luna suplente del tamaño de un balón de futbol desprende lágrimas de plata.

–        Y cómo te has caído-.

–        Me acerqué demasiado al borde reclamando algún poeta entre hombres ocupados en deseos mundanos. Lo siguiente que recuerdo es encontrarme varada frente a esta estancia-.

–        ¿Y no puedes lanzarte de vuelta?-.

–        Imposible. Necesitaría mil sonetos para recuperar las fuerzas y casi no quedan poetas en la Tierra – dice sorbiendo una lágrima  con su esfera de muñeca.

–        ¿Me puedes mostrar el camino?-.

–        Esta ahí delante, donde luce la estrella más brillante-.

–        Venus, ya la veo. Creo que puedo ayudarte. Espero que un golpe no te haga daño-.

–        Solo me hiere la indiferencia-.

–        Cuando quepas en mi puño te coloco en un tee y te lanzo con un driver-.

–        Una rima sorprendente, inusual y moderna, puede que resulte-.

–        Adiós Luna, no vuelvas a caerte-.

Calculo una línea entre Venus y la terraza, tomo aire y suelto los brazos en una arco perfecto que cruza el aire con un silbido. Al impacto se desprende una estela brillante que se pierde en las alturas. La luna se crece al alejarse. Me parece ver en su rostro dibujada una sonrisa. Se me doblan las rodillas, me arrastro al cuarto y me derrumbo sobre la cama.

Suena una alarma. Las 9:30. Mi hija me trae el desayuno y se sienta a mi lado.  

–        ¿Dormiste bien? Yo con el calor no pegué ojo-.

–        He tenido un sueño extraño. Ayudaba a la Luna a volver al firmamento. Se había caído en la terraza. Pobrecilla. No hacía más que llorar y encogerse. La golpeé con un swing perfecto y se elevó sobre la ciudad y el cielo. Decía ser una luna suplente, pero a mi no me engañaba, era la Luna verdadera.

–        De lunas no sé nada. Lo que si sé es que ayer ganaste tu primer torneo, con el poco tiempo que llevas practicando. Eres la mejor, Mami.

El sol se cuela desde la terraza y enciende una esfera blanca sobre una peana donde se lee II Torneo solidario de Madrid. 1er clasificado de segunda categoría, que me arranca otra sonrisa.

Foto: C. Huerta 

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