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Con las manos en la tierra
Por Concha Huerta de Soto ·
Terminamos el desayuno con el sol abriéndose paso entre las nubes que ayer nos cubrieron de aguas. Salimos a escoger la planta que mi hija me prometió el día de la madre. Primera salida al vivero de dona Helena tras una semana con el pie en alto. Recorremos hileras de palmeras, abetos y cipreses que esperan pacientes nuevos parterres acunados en la brisa de la mañana. Un laberinto de ramas y copas que desprende aromas del mediterráneo.
A los lados de la verja pasillos de naranjos y limoneros, de buganvillas y adelfas. El corazón se expande con sus colores impresionistas. No sé que tienen estos tallos que me siempre levantan el ánimo. A cada paso ramas cargadas de capullos me hacen olvidar las quejas del tobillo y los gemelos. Difícil tarea escoger una sola planta, si pudiera me llevaría una de cada. Encontramos las macetas alienadas por familias. Claveles, begonias, margaritas y petunias. La luz enciende los rojos, amarillos y salmones sobre los brotes brillantes.
Tras un recodo unas hortensias cargadas de rosas, azules y blancos. Me enamoro de una de seis tallos y un puñado de pompones a tono con los geranios que saludo cada mañana. Grande y esbelta como las que visten mis recuerdos del porche de mi madre. Escogemos un macetero de piedra labrada y volvemos a casa entusiasmadas con el regalo. Mi hija me ayuda a colocar tierra en el fondo de la maceta. Luego separo el cepellón de la hortensia y lo sujeto con cuidado en el centro mientras rellenamos los lados con turba. El aire se inunda de las notas alegres del genial Glenn Gould que desde el salón nos regala una Sarabanda de J.S. Bach. Terminamos entre risas con los brazos y las manos teñidas de tierra nueva. Y de algún modo sentimos el aliento del Hacedor en nuestras venas.
Foto: C. Huerta
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