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Vacaciones
Por Concha Huerta de Soto ·

Días de listas y maletas. De pagar recibos y vaciar la nevera. De terminar aquel contrato que arrastramos desde junio. De regalar las macetas al vecino del quinto. De almuerzos compartidos con rostros cetrinos en una terraza abarrotada de voces y deseos. Cualquier cosa menos manchar la cocina recogida. Todo preparado para abandonar la ciudad en busca de sol y brisa.
Noches en vela repasando listas y cuentas. Dando vueltas agobiados por un calor sin tregua. Y cuando por fin refresca con las primeras luces de la madrugada abandonarnos a un sueño de playas desiertas. Sentir las aguas turquesas acariciando las piernas agotadas de tantas carreras y disfrutar del atardecer que se cierne sobre una goleta caribeña.
Este año nos acogen los abuelos en la aldea, con sus plazas encaladas y sus barcas de pesca. O el amigo hippie que descubrió la montaña en los ochenta, con sus praderas salpicadas de cabras y el patio inundado de aromas de la infancia. O desempolvamos las sábanas de aquel pequeño hogar abandonado desde Pascua. Cualquier destino que nos aleje de nuestras rutinas diarias.
Cargamos maletas abarrotadas de bañadores, camisetas y las hawaianas que nos aseguran nuestra pequeña ración de paraíso. Cremas de protección solar y pareos. Y aquel tomo que aguarda desde navidades a que desvelemos sus misterios. Nos acomodamos junto al rostro que comparte nuestras alegrías y penas concentrado ahora en el tráfico. En el asiento de atras dos niños se desperezan entre consolas y muñecas. Libros, mar, familia, naturaleza. La mejor receta para unas vacaciones de verano.
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