Arte y cultura · Arte · Madrid
Tras los pasos de Cezanne
Por Concha Huerta de Soto ·

Mañana soleada, un respiro a las nieves de esta semana. Las fachadas brillantes rezuman blancos y brillos. Cómo compadezco a los nórdicos condenados a vivir inviernos en penumbra. En Neptuno me sumo a un centenar de almas que serpentea ante las puertas del Thyssen. Nadie quiere perderse la exposición de Cézanne, la primera en 30 años. Una alegría que el arte suscite tanto interés en estos días.
Primer lienzo, Un campesino sentado en una terraza. Retrato sin rostro. Como si Cézanne estuviera más interesado en el contraste entre las sargas y las ramas que envuelven la terraza, que en mostrar algún rasgo conocido, quizá el suyo, en esta pintura, una de las últimas, dominada por las tonalidades de la naturaleza. Una naturaleza que ilumina cada una de las telas de la muestra.
Cézanne y la naturaleza. Los paseos entre sendas de la Provenza, mochila al hombro, en busca de la visión perfecta. Castaños y caminos de arena, hayas y huertos. La voz del maestro Pisarro tiñendo de tonos vibrantes su paleta. El silencio mecido entre páginas de Zola, amigo de la infancia. La brisa cálida del Midi, el viento y la tormenta que una tarde de otoño terminó por doblegar un espíritu consagrado a la belleza.
Éxtasis de clorofilas. El alma se inunda de hierbas y ramas. Las pinceladas se transforman en una danza de color y geometrías. La luz que Cézanne capturaba en cada recodo del camino, entre cañadas onduladas al son de colinas, rocas y pinos.
Al atardecer de vuelta al estudio. Sobre la mesa, peras y manzanas, esferas perfectas, acompañadas de un cántaro que eleva sus curvas de arcilla sobre un paño rústico. El paño de un blanco manchado que resalta los ocres y olivas de la fruta. En sus pliegues intuimos la silueta venerada de Sainte-Victoire, la montaña que Cézanne admiraba más allá de la ventana.
A la salida tropiezo con dos octogenarios que caminan apoyados en un bastón idéntico, ajenos al ajetreo de la calle concurrida. Chaquetón y sombrero de pana. Por un momento me parece estar siguiendo los pasos de un Cézanne envejecido, en su peregrinar diario en busca de ese rincón bendecido por el olvido. Donde hombre y naturaleza se funden en una paleta única que hoy llega hasta nosotros con la calidez y frescura de hace cien años.
Paul Cézanne. Retrato de un campesino. 1905-6
Paul Cézanne. Ladera en Provenza. 1890-92
Paul Cézanne. El estanque del Jas de Bouffan. c 1878-9
Paul Cézanne. La montaña de Sainte-Victoire. 1887-1
Paul Cézanne. Cántaro y plato de peras. 1890-3
Cézanne. site/non-site. Museo Thyssen- Bornemisza. Madrid. Hasta el 18 de mayo de 2014.
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