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Radiaciones
Por Concha Huerta de Soto ·
El sol enciende el jardín en una sinfonía de colores intensos. Verde de hierba húmeda, fucsia de enredaderas que salpican las terrazas, azafrán en los muros recién pintados. En el porche un mantel salpicado de racimos se mece con la brisa que inunda el aire de aromas de azahar. Una alondra se acerca al estanque, bebe sorbos de agua y se refresca. Emprende el vuelo sobre los eucaliptos que se mecen a su paso. Al alcanzar el mar, se eleva sobre los acantilados y planea sobre las olas salpicadas de espuma. Su silueta se aligera y se hace una con el viento…
Un chasquido metálico, el piloto rojo se desvanece y la luz inunda de brillos las cuatro paredes blancas. De la puerta acorazada surge un uniforme blanco que manipula la máquina y baja la camilla. Dos manos expertas desatornillan la coraza que fija el torso de la joven a raíles metálicos, liberan los brazos apresados sobre la cabeza y la ayudan a incorporarse. La joven se estremece. Una mancha roja le tiñe cuello y espalda y contrasta con la piel desprotegida de cabellos. La enfermera le tiende una bata desteñida y acerca dos chanclas a sus pies desnudos. La joven se frota el hombro azulado. De sus ojos de alondra surgen dos lágrimas blancas.
– Macarena, hoy se ha quedado muy quieta, cada día lo hace mejor.
– No puedo moverme.
– Claro que puede, descanse un poco en la cabina y luego se cambia. ¿Quiere que avise a su acompañante?
– No hace falta.
– ¿No habrá vuelto a venir sola? Ya le dijo el doctor Blanco que viniera acompañada.
Foto: C. Huerta.
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