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Nocturnos
Por Concha Huerta de Soto ·

Vuelvo a casa acalorada, el verano se resiste a abandonarnos. Descanso un momento con las piernas en alto. Al levantarme los muebles danzan sobre ondas marinas. Me recuesto sobre la almohada intentando alejar el fantasma de la nausea y me concentro en el sonido de un piano romántico. María João Pires interpretando un Nocturno de Chopin. El mejor remedio para restaurar el equilibrio.
1836. París, ciudad brillante, segundo hogar del compositor polaco. Clases, conciertos, las tardes con María. La melodía se multiplica en notas que revolotean sobre acordes ascendentes. Qué bien describe el piano las sensaciones de una tarde perdida entre las sábanas. La inquietud, los recelos, la impaciencia. Los acordes se apresuran y estallan en una cascada de sonidos encienden el alma.
Paso la tarde disfrutando de los Nocturnos de Chopin, el genio que interpretaba mazurcas con tres años. Imagino al joven Frédéric vistiendo su frac avellana en el piano de mi sala, rescatado del silencio de los principiantes. El rostro marcado por una tristeza plateada, los dedos ondulando sentimientos sobre las teclas blancas. Y en algún momento, entre compases y arpegios, reencuentro mi lugar en el espacio y el tiempo.

James A M Whistler
Nocturno azul y plata.- Chelsea 1871 © Tate
Fryderyk Chopin. (Zelazowa Pola, Polonia, 1 de marzo de 1810- París, 17 de octubre de 1849)
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