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Dioses y hombres
Por Concha Huerta de Soto ·

En el principio…, dijo Dios: “Haya luz” y hubo luz. Dios vio que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas. Dios llamó a la luz “Día” y a las tinieblas “Noche”. Atardeció y amaneció: fue el día primero.

Las palabras del Génesis alcanzan mis labios mientras contemplo atónita la puesta de sol sobre el acantilado. Cada atardecer recorremos la costa en busca de lugares prohibidos donde compartir el resplandor de los días. Paraísos entre corales y montañas cubiertas de un majestuoso manto verde.
El sol que ciega se va venciendo hacia las olas hasta que su masa incandescente es engullida por el horizonte. Al contacto con el agua, el aire se inflama de tonos encarnados y naranjas que tiñen las nubes de arcoíris. Los últimos rayos se filtran entre las nubes y lanzan haces de luz sobre el océano. El lenguaje de Dios sobre la tierra.

La grandiosidad de las imágenes paraliza el aliento y nos muestra nuestra nimiedad frente al infinito. El océano poderoso va calmando sus ansias hasta ondular sus aguas y recoger la fuerza de las corrientes. Un joven bruñido aprovecha las últimas luces para deslizarse sobre el manto húmedo de Hina, la diosa del ocaso.
Atardecer en Kulima, Kawela, Waimea, playas que salpican la costa noroeste de la isla de Ohau. Sentada sobre la arena blanquísima de Mokuleia, la playa escogida por J. J. Abrams para rodar el primer episodio de LOST, siento el cuerpo ligero y la mente descargada de pensamientos. Destellos, formas, colores. Borrachera de imágenes, sonidos eternos. Me pregunto si seré capaz de encontrar el camino de vuelta a la rutina diaria.

Fotos: M. da Silva
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