Concha Huerta de Soto

Arte y cultura · Arte · Madrid · Relatos

Cinco lágrimas

Por Concha Huerta de Soto ·

Mañana de sol y frío. Una mujer camina aferrando una bandolera de pana. Cruza la plaza nueva entre una bandera roja y gualda y el rostro pétreo del descubridor sobre un mar de asfalto. La acera dibuja una línea de cuerpos que exhalan conversaciones blancas entre grisallas. La mujer los sortea por la acera en sombras. Nubes densas engulleron los restos del mediodía. La mujer se encoge con las últimas ráfagas de enero.  Acelera el paso hasta que traspasa una reja abierta a un patio neoclásico. Un cartel a cada lado informa que la exposición cierra sus puertas aquella mañana.

Se acerca al mostrador. Una joven atiende con frases mecánicas. No sabe muy bien que hace ahí. Sigue los pasos de dos jóvenes en cazadoras imitación de cuero hacia el fondo del pasillo. En el lateral de la sala se enfrenta a unos ojos cargados de maquillaje que imploran en blanco y negro. ¿Piedad, perdón, amor, un milagro? Unos ojos con pupilas encharcadas, enterradas bajo líneas de cejas falsas. Las fosas nasales contrastan con cinco lágrimas que recorren la piel blanca como Magdalenas penitentes. Lágrimas cargadas de brillos. Lágrimas que no pueden ser lágrimas.

El baño de Diana de Corot. 1869

Un hombre con la chaqueta vuelta le roza la espalda cuando se gira para observar el siguiente cuadro. Esplendor de carne desnuda de una Venus sobre olas. Da un paso atrás para restaurar el equilibrio mientras un brazo le cubre la cintura. Una voz aterciopelada le pide disculpas. No le escucha absorta en aquellos senos perfectos. En la curva delicada entre la cadera y los senos, en los dedos entrelazados en cabellos ondulados como espumas. La Venus de carne y tela soñada por el ojo romántico. Siente el calor que desprende la chaqueta vuelta en su costado. Durante un instante comparten el mismo tiempo, el mismo espacio, la misma visión deslumbrada. Luego, el hombre cruza la habitación y arrastra su halo de cedro, azahar y tabaco a la siguiente sala.

Intenta dar un paso pero las piernas permanecen ancladas al suelo. Cierra los ojos y fuerza la respiración para acompasar el corazón desbocado. Aquel domingo abandonó el lecho demasiado pronto, demasiado tiempo, demasiado rápido y ahora ya no puede controlarlo. Una a una se descuelgan cinco lágrimas de sus párpados,  ¿piedad, perdón, amor, un milagro?, con la certeza de que aquella será también para ella la última mañana.

Lágrimas. Man Ray. 1932

Clausura de la exposición Lágrimas de Eros en el museo Thyssen- Bornemisza de Madrid.

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