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Chardin en el Prado
Por Concha Huerta de Soto ·

8.15 de la tarde. Camino por los salones vacíos del Prado, imagen insólita en una de las pinacotecas más visitadas del planeta. Francisco Calvo Serraller, gran historiador del arte, nos presenta a Chardin, el maestro del intimismo, el pintor de la armonía. París 1720. Jean Baptiste Simeon, el hijo del ebanista, abandona los billares por la paleta, fascinado por la imagen de una liebre abatida sobre un paño. Su talento para reproducir animales y frutas le abrirá las puertas de la academia. Su intuición le elevará sobre los artistas de la época.
Observo los lienzos que adornan la sala. Una niña se dispone a jugar con una raqueta, un joven afila una pluma mientras revisa un dibujo y un niño observa una peonza en un descanso del estudio. Los niños de Chardín tienen un halo único. Interesado en retratar el mundo interior les otorga presencia con oficios y juegos. Porque Chardín dedica su obra y su larga vida a ensalzar la belleza de lo cotidiano. Y con ello le siento más cerca. Poco a poco las pinceladas azules, castañas y blancas se transforman en relatos que desvelan misterios escondidos en un bolsillo o en un cajón entreabierto.
Abandono la sala con el alma vibrando al haber descubierto a otro genio, lejano en el tiempo cercano en la mirada, contagiada por el entusiasmo y el saber hacer del profesor Calvo Serraller, el mejor maestro.
Chardin. El joven dibujante. 1737.
Chardin (1699-1779). Museo Nacional del Prado. Madrid. Hasta el 29 de mayo de 2011.
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